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La preposición “para” indica finalidad, intencionalidad. ¿Por qué Jesús hizo lo que hizo? ¿Por qué tuvo que morir en una cruz? ¿Qué intención puede tener alguien que se deja matar?
Hay que mirar a su vida. La cruz no fue algo elegido y querido, sino la consecuencia de su misma vida. Jesús probablemente ha sido el único hombre de la historia que ha vivido solo y exclusivamente para los demás. Si miramos su actividad, cómo empleaba el tiempo libre, cómo se relacionaba, descubrimos que había tres prioridades: su relación íntima con Dios Padre, su capacidad para encontrarse en lo más auténtico de las personas, su predilección por los pobres, los últimos, los que sufren. Su vida estaba “descentrada” totalmente de sí mismo y se repartía para los demás. No tuvo otra motivación en su vida que darse. Su existencia era una proexistencia (una existencia que tiene su razón de ser en el otro, existir-para-otro). Por eso, la cruz no es una elección única. Es la consecuencia misma de su vida-para-los-demás. Una vida así vivida resultaba demasiado amenazadora para los que sostenían un poder basado en el vivir-para-uno-mismo. Ante el peligro de muerte, Jesús hizo lo que había hecho siempre: darse, ofrecerse por amor. Asumió su muerte, no como algo querido, sino como la última de sus entregas, la entrega total por amor.
Desde entonces, la preposición para ha dejado de significar solamente finalidad, para convertirse en la seña de identidad del cristiano. Desde Jesús, miles y miles de personas se han dejado seducir por este estilo de vida: vivir-para-los-demás. Y, al hacerlo, han descubierto una vida mucho más intensa y feliz que la que tenían antes. Todo eso que hemos oído tantas veces, que es mejor dar que recibir…,  ¿y si te lo creyeras?, ¿y si lo intentaras vivir? Igual descubrirías que te sobran muchos “es que” (excusas), y empiezas a inundarte de “paras” (motivaciones).
Otra vez San Pablo:
Porque el amor de Cristo nos apremia, pensando que si uno murió por todos, todos murieron con él;  y murió por todos, para que los que viven no vivan para sí, sino para quien murió y resucitó por ellos.  Así que en adelante a nadie conoceremos a lo humano; y si un tiempo conocimos a Cristo a lo humano, ahora ya no lo conocemos así. De modo que, el que está en Cristo, es una criatura nueva; lo viejo ya pasó, y ha aparecido lo nuevo.  Todo viene de Dios, que nos reconcilió con él por medio de Cristo, y nos confió el ministerio de la reconciliación.   Pues Dios, por medio de Cristo, estaba reconciliando el mundo, no teniendo en cuenta sus pecados y haciéndonos a nosotros depositarios de la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortase por nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. (2Cor 5, 14-21)

 

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