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TODOS
Todos es todos.
Por el que impone sus ideas con la violencia.
El que abandona a sus hijos y piensa solo en él. Por es también.
Por el maltratador, por la que se desprecia, por los que no cuentan y nada entienden. Por los guapos, por los feos, los de izquierdas, los de derechas, por los que no saben donde tienen la derecha y la izquierda.
Por los que no se sienten orgullosos de sí msimos, por los que nadie se siente orugullo de ellos. Por los que mienten, por los que traicionan, por los que engañan. Por los que son mentidos, por los que son traicionados, por los que son engañados.
Por los que matan y mantienen la sonrisa. Por los que son matados y no pueden sonreir.
Por lo que no se merecen nada y por los que se lo merecen todo.
Porque Dios es Dios, y dispuesto a vivir y a morir, lo hizo por todos. Y todos es todos.
También tú, aunque no te lo creas. Aunque dudes, Aunque sientas que no te lo merezcas. O te importe un carajo merecerlo o no. Para bien o para mal, lo quieras o no: también tú estás en el Corazón de Dios. Tú fuiste una razón más que suficiente para que Cristo se dejase clavar en una cruz. Es más, lo volvería hacer por ti. Porque cuando Dios dice todos, es TODOS.
Y cuando dice todo, es todo. También por tu parte oscura, manchada, impresentable. Por tus éxitos y tus fracasos, por tus genialidades y también por tus meteduras de pata injustificables. Por tus salidas de tono, por tus mentiras, por tus imposibilidades. Por tus frustraciones y por tus logros, por tus entregas y tus derrotas, también por tus victorias, y por las veces que quedas en tablas. Por el pasado herido, que Dios quiere sanar. Por el presente insatisfecho, que Dios está dispuesto a llenar. Por el futuro incierto, en el que el Amor se ha sentado a esperarte. Por todo lo que eres y lo que no eres. Por lo que sueñas y lo que nunca llegarás a realizar…
Por todo y por todos.
Y por eso en cada Eucaristía recordamos las mismas palabras con las que Jesús daba sentido a lo que le iba a suceder. Previendo que iba a tener que dar la vida, invitó a sus amigos a cenar y les reveló sus intenciones: “Durante la cena Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó un cáliz, dio gracias, se lo pasó a ellos y bebieron de él todos. Y les dijo: «Ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que será derramada por todos. Os aseguro que ya no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que beba un vino nuevo en el reino de Dios». (Mc 14, 22-25).
Aquellas palabras quedaron grabadas en el corazón de los discípulos. ¿Cómo resonarían horas después, en la conciencia de Pedro, que le negó; o de Judas, que le traicionó; o del resto de discípulos, que huyeron? ¿Cómo entender eso de “que será derramada por todos”?
Años más tarde Juan, después de haber superado el golpe emocional de todo esto, lo contaba con una imagen más tranquila:
«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y ellas me conocen a mí, igual que mi Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil. También a ellas tengo que apacentarlas. Ellas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. El Padre me ama, porque yo doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que la doy yo por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recobrarla. Tal es el mandato que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-17).
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