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“… Y todos para Uno. La unidad”

Uno no puede evitar acordarse de los Tres Mosqueteros cuando se lee el lema de este año. Y no es coincidencia. Los tres soldados del rey Luis de Francia, han pasado a la historia como ejemplo de fidelidad, amistad y lealtad. Su grito de guerra es un canto a la unidad que todo hombre y sociedad sueñan: todos para uno y uno para todos. Si funcionáramos así todo cambiaría y el mundo sería mejor. Pero no funciona. Tarde o temprano alguien se olvida del lema y le da pereza cruzar la espada…
Tachemos el lema. La unidad no es posible.
Pero, ¡un momento! Quizá el lema no esté equivocado. Quizá la unidad no tenga la culpa de nuestra incapacidad humana. Quizá la unidad no es una conquista, sino un don, un regalo, una sorpresa inesperada.
La unidad es posible pero no está al alcance de nuestros métodos y esfuerzos. La unidad es la consecuencia de la pro-existencia. Se da solo aquellos que se dedican a vivir para los demás. Se obtiene cuando ya no se espera, se alcanza cuando se ha dado todo por ella y no parece que se vislumbre en el horizonte. La unidad pertenece al reino de los imposibles. Y ese reino es el Reino de Dios.
No pensemos en la unidad perfecta en la que todos se llevan bien y no hay malos rollos ni divisiones. La unidad que Dios ofrece es la sensación de pertenencia que se despierta en nosotros cada vez que vivimos para los demás. La unidad surge en los rincones más oscuros de nuestro ser cada vez que nos sentimos amados por Dios justo en lo que nadie amaría en nosotros. Esa oscuridad despreciable nos une a todos los hombres. Si en algo somos parecidos es precisamente en nuestro límite, en nuestra debilidad, en nuestro infierno personal. Por eso, cuando Dios nos ama precisamente ahí, nos hace iguales, la unidad es posible; porque lo que tenemos en común es la experiencia de ser amados sin ningún motivo. La unidad entonces se hace realidad: por un instante todos los hombres de este planeta han sido amados y nadie puede hacer nada por arruinarlo. Ese instante se dio cuando Cristo murió en la cruz. Pero como, de momento, Dios nunca se ha arrepentido de ese momento, la sentencia del amor sigue bendiciendo la fragilidad de cada hombre y mujer. Somos iguales, porque somos amados. Y eso es algo que nadie puede traicionar.
Por eso, ¿cómo es posible llegar a vivir la unidad, a pesar de las injusticias y las diferencias? Cada vez que, sintiéndonos profundamente amados, reconocemos en el otro alguien tan débil, tan despreciable y tan amado como yo. Cuando sentimos esto, lo único que nos cabe emprender con el otro, con el que es distinto, con el que se opone a mí, no es más que la aventura de la solidaridad.
Ese es el proyecto de Dios: “que todos sean uno. Padre, lo mismo que Tú estás en mí y yo en Ti.[…], yo en ellos y Tú en mí, para que lleguen a la unidad perfecta, y el mundo pueda reconocer así que tú me has enviado, y que los amas a ellos como me amas a mí.”(Jn 17, 21.23)
Uno para todos… y Todos en el UNO.

 

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Uno
Para
Todos
Y tú... ¿Por cuántos?
Catequesis